Los contactos entre Estados Unidos y Cuba no responden a una relación bilateral clásica entre Washington y La Habana. El proceso está condicionado también por Miami, donde la diáspora cubana conserva peso político, capacidad de presión y una agenda propia que no siempre coincide con la de la Casa Blanca ni con la del gobierno cubano.
Esa es la tesis que sostienen analistas consultados por EFE, quienes describen el actual escenario como un triángulo político. En ese esquema, Miami no tiene el mismo rango institucional que Washington o La Habana, pero sí influye de forma decisiva en cualquier intento de entendimiento entre ambos gobiernos.
El profesor Michael Bustamante, de la Universidad de Miami, define este momento como un “triángulo cubano”. A su juicio, existe una tensión permanente entre los tres vértices, en especial ahora que Estados Unidos presiona por cambios económicos y políticos en la Isla mientras el exilio cubano exige transformaciones más profundas.
Bustamante considera que uno de los elementos más llamativos de esta etapa es que, pese a la aparente cercanía entre Washington y Miami, no existe una coincidencia total. Aunque ambos espacios comparten una visión crítica del régimen cubano, no necesariamente buscan el mismo tipo de desenlace ni con el mismo ritmo.
⚠️⚠️#Ahora. Marco Rubio responde tras los comentarios de Díaz-Canel sobre una respuesta armada contra EE.UU. si ocurre una acción militar en #Cuba.
— Mag Jorge Castro🇨🇺 (@MagJorgeCastro) April 7, 2026
¨Está bien… seguro que si¨😎 pic.twitter.com/NepqGrePIK
En ese punto aparece Marco Rubio como figura central. El actual secretario de Estado encarna, según los expertos, el vínculo más claro entre el poder federal y la comunidad cubanoamericana del sur de Florida. Pero esa doble pertenencia también lo sitúa en una posición delicada.
Ric Herrero, director ejecutivo del Cuba Study Group, resume esa complejidad con una idea directa: Rubio es hijo político de Miami, pero hoy su responsabilidad es ejecutar la política exterior de Donald Trump. Eso implica ordenar prioridades y actuar en función de los intereses globales de Estados Unidos, no solo de las demandas del exilio.
Según Herrero, el discurso de Rubio no ha reflejado hasta ahora las posiciones más duras que predominan en ciertos sectores de Miami. En vez de eso, observa una línea más pragmática y estratégica, orientada a resultados concretos más que a exigencias maximalistas.
Bustamante coincide en que esa distancia puede convertirse en una fuente de fricción. Señala que Rubio ha dado señales de apertura hacia fórmulas más realistas, mientras algunos representantes republicanos del sur de Florida insisten en que un acuerdo económico con La Habana no bastaría si no va acompañado de un cambio político de fondo.
Esa diferencia se vuelve más visible en la discusión sobre una eventual transición cubana. Rubio, según Bustamante, ha dejado entrever que en Cuba no existe una figura alternativa lista para reemplazar al aparato estatal, como ocurrió en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. Eso supone reconocer que una ruptura total del sistema no parece ser, por ahora, el objetivo de Washington.
Al mismo tiempo, diplomáticos estadounidenses y el encargado de negocios Mike Hammer han alimentado expectativas al presentar 2026 como “el año de la libertad y del cambio”. Para Bustamante, ese lenguaje eleva el riesgo político: si la Casa Blanca no entrega a Miami un resultado visible, puede provocar frustración en una base que espera un giro drástico.
Herrero, sin embargo, cree que la comunidad cubanoamericana ha perdido parte de su capacidad de presión federal. A su juicio, Florida dejó de ser un estado bisagra y, al alinearse de forma casi total con Trump, redujo su margen para condicionar decisiones en Washington.
Pese a esa lectura, ambos expertos coinciden en que Miami seguirá intentando influir. La diferencia está en cuánto podrá imponer. Mientras Herrero cree que los sectores más duros terminarán vendiendo como victoria cualquier acuerdo con La Habana, Bustamante advierte que esos grupos aún tienen suficiente fuerza para entorpecer la dinámica entre Washington y Cuba.



